El reflejo que llegó primero
Las tardes de lluvia Hay una clase de silencio que solo existe después de la lluvia. No es el silencio de la madrugada ni el de una biblioteca. Es otro. Uno que parece ocupar el aire de la casa, como si las paredes hubieran estado escuchando algo mientras dormíamos. Siempre me ocurre igual. Despierto de una siesta demasiado larga. La luz es gris. Las gotas siguen cayendo desde alguna canaleta. Durante unos segundos no sé si son las cinco de la tarde o las ocho de la mañana. Y, antes incluso de abrir completamente los ojos, aparece esa sensación. No estoy solo. No tengo miedo. El miedo necesita un motivo. Esto es diferente. Es la impresión absurda de que alguien ha permanecido inmóvil, esperándome despertar. Nunca encuentro a nadie. Sin embargo, tampoco recupero del todo la tranquilidad. Camino descalzo por el pasillo. La madera cruje. La casa respira. Entonces llego al espejo. Siempre al mismo esp...


