Teodora- Capítulo 7 : Una Boda Cuestionada

Capítulo 7 – Una Boda Cuestionada | Parte II: La Conquista del Poder

Capítulo 7 – Una Boda Cuestionada

Parte II: La Conquista del Poder

El eco de las campanas resonaba en Constantinopla, pero no todos lo recibían como un llamado a la celebración. En los pasillos del Senado, los murmullos se transformaban en rugidos de indignación: el heredero del Imperio osaba casarse con una mujer de orígenes oscuros, una actriz marcada por el desprecio de los poderosos.

En el Hipódromo, los Verdes no desperdiciaban ocasión para lanzar insultos y versos satíricos contra ella. “El Imperio se degrada”, decían, pintando en las paredes grafitis que ridiculizaban la unión. Los Azules, en cambio, encontraban en Justiniano y Teodora un símbolo de desafío a las viejas estructuras, y sus gritos se mezclaban con los abucheos en una ciudad partida en dos.

Pero la oposición no se limitaba al pueblo. El Senado veía en este matrimonio una afrenta al orden establecido. Algunos aristócratas hablaban de conspiraciones, de detener la boda a cualquier precio. El recuerdo de leyes antiguas que prohibían estas uniones parecía ahora una muralla que se resquebrajaba.

La duda íntima

La noche antes de la ceremonia, Teodora no pudo conciliar el sueño. Desde la penumbra de su estancia, repasaba cada instante de su vida: la miseria en su niñez, la humillación en el teatro, el exilio en Alejandría. Ahora estaba a las puertas de una boda que podía convertirla en la mujer más poderosa del Imperio. Pero también sabía que se transformaría en blanco de la ira de nobles y clérigos.

“¿Me ve como igual?”, se preguntaba en silencio. “¿O soy apenas la pieza de un juego mayor?” El peso del pasado la doblaba, pero en el fondo de su ser ardía una llama: la certeza de que jamás volvería a ser la mujer desechada en una ciudad extranjera.

El acto de herejía

Justiniano había hecho lo impensable: doblar las leyes que lo separaban de ella. El matrimonio fue, en ese sentido, una herejía contra la tradición. No era solo un gesto de amor; era una declaración política. Frente a los rostros airados del Senado, frente al clero receloso y frente a un pueblo dividido, Justiniano tomó la mano de Teodora.

La ceremonia se celebró en una atmósfera cargada de tensión. Los cánticos del clero intentaban cubrir los murmullos, pero todos sabían que aquel acto partía la historia en dos. La mujer que había sido actriz y cortesana se alzaba ahora como consorte del heredero imperial.

Una unión que era más que amor

No fue únicamente un compromiso personal. La unión de Justiniano y Teodora era también el inicio de un proyecto político: un Imperio renovado, capaz de quebrar la costumbre si el poder lo imponía. Entre la indignación de los viejos senadores y la esperanza de los humildes, nació la alianza que marcaría un nuevo tiempo.

Esa noche, mientras los corredores de palacio aún olían a incienso y los rumores se extendían como pólvora, Teodora entendió lo que había logrado: había sobrevivido al desprecio, al exilio, a la miseria… y había vuelto. La emperatriz aún no había sido coronada, pero ya había nacido en los ojos de quienes la odiaban y de quienes la admiraban.



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