" El Objetivo "

 


El OBJETIVO

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El río corría espeso y marrón, como una serpiente dormida bajo el sol de la selva. En la orilla, un hombre de rostro anguloso y manos endurecidas por los años cavaba la tierra con una pala vieja. Su piel, curtida como el quebracho, era testigo de los años en lucha contra la selva indómita. Eustaquio Aranda sabía que el agua estaba ahí, en algún punto bajo sus pies, enterrada como una verdad antigua.

Llevaba meses escarbando la tierra roja, levantando sus ojos al cielo como si esperara una señal. Los guaraníes decían que cuando un hombre hacía un pacto con la selva, debía saber esperar, pues la selva siempre respondía. Pero Eustaquio no tenía tiempo para esperar. La gente de su aldea tosía de noche y sus niños cargaban baldes de agua turbia desde el arroyo. Si no encontraba agua pronto, la sequía haría de ellos polvo.

Al anochecer, sentado junto al fuego, recordaba las palabras de su abuelo:
—Dios no prueba a los fuertes, hijo. Él los forja en el calor del sacrificio.

Eustaquio cerraba los ojos y en su mente se dibujaba la imagen del patriarca Moisés golpeando la roca, esperando el milagro. Pero él no tenía vara, ni era un profeta, solo un hombre que confiaba en sus manos.




II. EL PACTO

Una noche, bajo un cielo abrumado de estrellas, llegó al pueblo un forastero. Era un hombre de ciudad, con los ojos limpios y las palabras justas. Clara Montenegro, una ingeniera voluntaria, lo acompañaba. Habían oído de la lucha de Eustaquio y querían ayudar.

El forastero hablaba de planos y cálculos, pero Eustaquio entendía de tierra y sudor. Durante días, trabajaron juntos, cavando más profundo. La pala mordía la arcilla y el agua seguía escondida, burlona.

Una tarde, Clara, exhausta y con las manos heridas, dijo:
—Tal vez estamos cavando en el lugar equivocado.

Eustaquio la miró con ojos encendidos. La selva no era un mapa ni un cálculo. Era una promesa antigua.

—No nos podemos rendir. Cuando el justo clama, el Señor responde.

Siguieron cavando. La roca cedió, la tierra crujió y un hilo de agua cristalina brotó desde las entrañas del suelo. Al principio, era apenas un murmullo, un susurro entre la arcilla, pero pronto se convirtió en un chorro vigoroso. La aldea entera corrió a ver el milagro.




III. EL AGUA Y LA PROMESA

Los niños bebieron primero, con risas frescas como la corriente. Luego las mujeres, los ancianos. Clara se arrodilló y dejó que el agua le lavara el polvo de las manos.

Eustaquio se quedó en silencio, mirando el pozo con la reverencia de quien entiende que la fe y el esfuerzo son dos caras de la misma moneda. No había golpeado una roca, pero había abierto la tierra con sus propias manos.

Cuando cayó la noche, se permitió cerrar los ojos y sentir la brisa sobre su rostro. Pensó en Moisés otra vez, pero esta vez comprendió algo nuevo: los milagros no los hacían los dioses lejanos ni los profetas de antaño. Los milagros eran de los hombres que no abandonaban su propósito.

Y así, con el objetivo cumplido, Eustaquio supo que su historia no era la de un hombre contra la selva, sino la de un hombre que aprendió a escucharla.


Isaías 41:18 – “En las alturas abriré ríos, y fuentes en medio de los valles; convertiré el desierto en estanque de aguas, y la tierra seca en manantiales.”




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