El banco de los Jueves

Hombre mayor sentado en un banco de plaza leyendo una carta manuscrita con expresión melancólica; a su lado, sobre una servilleta, un alfajor de chocolate, en un entorno otoñal que evoca recuerdos y amor persistente.


Siempre se sentaban en el mismo banco. El segundo de la izquierda, bajo los plátanos que daban sombra a media plaza cuando el sol del mediodía caía sin piedad. No importaba la estación, ni el viento, ni siquiera la lluvia ligera que a veces obligaba a secar la madera con una servilleta arrugada. Era su lugar.

Jueves tras jueves, durante casi treinta años, Mauro y Teresa compartieron allí la costumbre de mirarse sin necesidad de palabras. No hablaban mucho, pero se entendían. Él le compraba un alfajor en la panadería de la esquina, siempre de dulce de leche con merengue, aunque a veces ella le decía que ya no le gustaban tanto. "No importa", respondía él. "Te gustaban cuando tenías veinte, y eso me basta."

La palabra “cónyuge” nunca apareció en sus conversaciones. Era demasiado fría, burocrática, como una camisa mal planchada. Sin embargo, cuando Teresa enfermó y el médico le pidió a Mauro que firmara como el cónyuge, sintió que esa palabra adquiría un peso distinto. No era un trámite. Era la forma legal de decir: usted es el que estuvo, el que cuidó, el que sostuvo el mundo de esta mujer cuando todo lo demás tambaleaba.

Después de su partida, Mauro siguió yendo los jueves. Llevaba el alfajor y lo dejaba a un costado del banco. A veces hablaba solo. Otras veces cerraba los ojos y escuchaba las hojas crujir sobre el empedrado. Un día, una mujer se sentó a su lado. No dijo nada, pero le alcanzó una servilleta. Él la usó para secar el banco, por costumbre.

Pasaron meses.

Un jueves cualquiera, Mauro no llevó alfajor. En su lugar, llevaba un sobre. Adentro, una carta escrita a mano que decía:

Querida Teresa,
Hoy decidí quedarme menos. Me cuesta escribir, me cuesta caminar. Pero si algún día no vengo, no es olvido. Es que fui a buscarte en otro banco, en otra plaza, más allá de esta ciudad.
Te sigo llamando esposa, aunque en los papeles seas apenas mi cónyuge.
Te quiero como siempre.
M.

La dejó bajo el banco, envuelta en la servilleta que una vez le ofrecieron.

Y desde entonces, todos los jueves, alguien deja un alfajor allí. Sin saber bien por qué. Solo porque algo en ese rincón aún guarda el eco de un amor persistente.

Banco de plaza de madera vacío en un parque otoñal, con un alfajor de chocolate sobre una servilleta blanca; el fondo difuso de árboles desnudos y camino desierto sugiere ausencia, memoria y una tristeza silenciosa.


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