Las aspas del viejo molino: cuando el viento nunca dejó de soplar

 

Hombre contemplando un antiguo molino de piedra con sus aspas al atardecer, símbolo de esperanza, perseverancia y nuevos comienzos.

Las aspas del viejo molino

Había un molino en las afueras del pueblo que nadie recordaba haber visto funcionando.

Sus enormes aspas de madera seguían recortándose contra el cielo, pero llevaban tantos años inmóviles que las golondrinas habían construido nidos entre sus brazos y las enredaderas habían trepado por las piedras hasta abrazarlo por completo.

Los niños pasaban corriendo frente a él sin mirarlo.

Los adultos apenas lo señalaban de vez en cuando.

—Hace décadas que no gira —decían con indiferencia.

Cuando Esteban volvió al pueblo después de muchos años, el molino fue el primer lugar que quiso visitar.

De niño, su abuelo lo llevaba allí cada domingo. Se sentaban sobre una piedra lisa mientras el anciano le contaba que el molino no solo molía trigo.

—También muele la desesperanza —le decía sonriendo.

Esteban nunca había entendido aquella frase.

Ahora, con el cabello comenzando a encanecer y el corazón cargado de derrotas, caminó lentamente hasta la vieja construcción.

Esteban reflexionando en el interior de un antiguo molino abandonado mientras un rayo de luz ilumina los viejos engranajes.


Apoyó la mano sobre la madera áspera de una de las aspas.

Permaneció en silencio.

El viento soplaba apenas.

Lo suficiente para mover algunas hojas secas.

No lo suficiente para mover un molino.

Mientras observaba el paisaje, escuchó la voz de un hombre.

—No pierda el tiempo. Ese molino murió hace mucho.

Era un vecino que paseaba con su perro.

—¿Nadie intentó repararlo? —preguntó Esteban.

El hombre soltó una risa breve.

—¿Para qué? Ya no hay viento como antes.

Aquella respuesta quedó flotando en el aire.

Ya no hay viento como antes.

Durante los días siguientes, Esteban regresó una y otra vez.

Quitó malezas.

Retiró ramas.

Engrasó viejos mecanismos oxidados.

Cambió algunas tablas rotas.

Trabajó solo.

Sin que nadie creyera realmente que aquello sirviera para algo.

Cada tarde, los vecinos lo observaban desde lejos.

Algunos movían la cabeza con lástima.

Otros sonreían con ironía.

—Pobre hombre...

—Hay nostalgias que enferman.

Pero él seguía.

No porque estuviera seguro de que el molino volvería a girar.

Sino porque sentía que ciertas cosas merecen una oportunidad, aunque parezcan perdidas.

Pasaron varias semanas.

Una madrugada, el cielo amaneció cubierto de nubes oscuras.

El viento comenzó a soplar con una fuerza que el pueblo no recordaba desde hacía muchos años.

Primero crujió una madera.

Luego otra.

Después, muy despacio, una de las aspas avanzó unos pocos centímetros.

Parecía un gigante despertando de un sueño demasiado largo.

Las cuatro aspas comenzaron a girar lentamente.

Una vuelta.

Luego otra.

Hasta que el molino entero volvió a respirar.

El sonido de los engranajes atravesó el pueblo como un eco olvidado.

Las personas salieron de sus casas.

Los niños corrieron.

Los ancianos lloraban sin saber exactamente por qué.

Nadie hablaba.

Solo miraban.

Esteban permanecía a unos metros.

No sonreía.

Simplemente contemplaba el molino.

Entonces recordó la frase de su abuelo.

También muele la desesperanza.

Y, por primera vez, la comprendió.

Porque el viento no había regresado ese día.

El viento siempre había estado allí.

Lo único que llevaba demasiado tiempo detenido era el molino.

Y quizá también el corazón de quienes habían dejado de creer que algunas cosas podían volver a empezar.


Reflexión final

A veces creemos que las oportunidades desaparecieron, que la fuerza ya no alcanza o que el viento dejó de soplar para nosotros. Sin embargo, quizá el viento sigue allí. Tal vez lo que necesita reparación no sea el mundo que nos rodea, sino aquello que dentro de nosotros dejó de girar.

Esteban contempla el viejo molino nuevamente en movimiento al atardecer, símbolo de esperanza, restauración y nuevos comienzos.


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