El reflejo que llegó primero

 

Hombre frente a un espejo en una tarde lluviosa, donde el reflejo parece haber llegado antes que él, en una escena de misterio psicológico.

Las tardes de lluvia

Hay una clase de silencio que solo existe después de la lluvia.

No es el silencio de la madrugada ni el de una biblioteca. Es otro. Uno que parece ocupar el aire de la casa, como si las paredes hubieran estado escuchando algo mientras dormíamos.

Siempre me ocurre igual.

Despierto de una siesta demasiado larga.

La luz es gris.

Las gotas siguen cayendo desde alguna canaleta.

Durante unos segundos no sé si son las cinco de la tarde o las ocho de la mañana.

Y, antes incluso de abrir completamente los ojos, aparece esa sensación.

No estoy solo.

No tengo miedo.

El miedo necesita un motivo.

Esto es diferente.

Es la impresión absurda de que alguien ha permanecido inmóvil, esperándome despertar.

Nunca encuentro a nadie.

Sin embargo, tampoco recupero del todo la tranquilidad.

Camino descalzo por el pasillo.

La madera cruje.

La casa respira.

Entonces llego al espejo.

Siempre al mismo espejo.

Y siempre ocurre lo mismo.

Tengo la impresión de que el hombre que está allí lleva unos segundos mirándome antes de que yo llegue.


Del otro lado, la tarde también acaba de llover.

Me despierta el mismo silencio.

Las mismas gotas.

La misma luz gris.

La casa parece vacía.

Aunque nunca completamente vacía.

Hay una presencia.

No puedo explicarla.

No es un ruido.

No es una sombra.

Es la certeza de que alguien más habita este instante.

Camino hasta el espejo del pasillo.

No espero encontrar nada extraño.

Y, sin embargo, cuando levanto la vista, el hombre reflejado tarda apenas un instante en levantar la cabeza.

Muy poco.

Lo suficiente para preguntarme si realmente estaba imitando mis movimientos… o simplemente dejó de hacerlos antes de tiempo.


Con los días empecé a descubrir pequeñas diferencias.

En mi casa el reloj del comedor adelanta tres minutos.

En la del espejo atrasa tres.

En la mía, el cuadro del pasillo representa un bosque.

En la suya, un río.

Mi taza favorita tiene una pequeña grieta en el borde.

La suya parece intacta.

No sé cuándo empecé a llamarla «su casa».

Tal vez el mismo día en que comprendí que él también observaba la mía con la misma curiosidad.

Hombre frente a un espejo antiguo durante una tarde lluviosa, con su reflejo observándolo en una inquietante escena de misterio psicológico.



Una tarde levanté la mano.

Él hizo lo mismo.

Apoyé los dedos sobre el cristal.

Él también.

Entonces ocurrió algo imposible.

Los dos dudamos.

Fue un gesto mínimo.

Una vacilación.

Cada uno esperaba que el otro iniciara el movimiento.

Como si ninguno estuviera seguro de cuál debía ser el reflejo.


Desde entonces dejamos de imitarnos.

Simplemente nos observamos.

Hay tardes en que yo llego primero al espejo.

Otras veces ya está allí esperándome.

Empiezo a sospechar que él escribe sobre mí.

Que intenta comprender por qué existo.

Yo hago exactamente lo mismo.

Anoto cada diferencia.

Cada coincidencia.

Cada gesto.

Como si una de ellas fuera a revelar cuál de los dos vive en el mundo verdadero.

Hasta ahora no lo ha hecho.

Porque cada prueba que encuentro para demostrar que él es la copia sirve también para demostrar que la copia soy yo.


Anoche ocurrió algo nuevo.

Los dos levantamos la mano al mismo tiempo.

Pero ninguno tocó el cristal.

Los dos nos detuvimos a unos centímetros.

Los dos sonreímos.

No por alegría.

Sino porque comprendimos la misma idea.

Si alguno de nosotros atravesara el espejo, el otro seguiría creyendo que nada había cambiado.


Desde entonces ya no intento averiguar cuál de los dos mundos es el auténtico.

Empiezo a pensar que la pregunta está mal formulada.

Quizá ninguno lo sea.

O quizá los dos lo sean.

Tal vez los espejos nunca existieron para reflejar un único mundo.

Tal vez fueron la única forma de que dos realidades distintas pudieran contemplarse sin confundirse por completo.

Y, algunas tardes, cuando la lluvia acaba de detenerse y el silencio llena la casa, me acerco despacio al espejo.

El hombre del otro lado hace exactamente lo mismo.

Los dos nos observamos con la misma mezcla de curiosidad y compasión.

Los dos estamos convencidos de que el otro vive detrás del cristal.

Y los dos sentimos, por un instante, el mismo escalofrío.

No porque haya un espejo entre nosotros.

Sino porque ya ninguno recuerda de qué lado empezó a llamarlo espejo.

Dos hombres idénticos separados por un espejo antiguo se observan en silencio durante una tarde lluviosa, sin que pueda distinguirse cuál pertenece al mundo real.


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